CONSERVADORES
Ernesto Guevara Quiroz
Como tememos a la libertad, mentimos. Hemos construido una cantidad increíble de “noes” para conservar el sistema que más seguro mantiene nuestros intereses. Así decimos con frecuencia no a la cueca con guitarra eléctrica, no a las mujeres en la oficina, no al hombre lavando platos, no a la mujer celebrando misa, no a los derechos sexuales y reproductivos, no al matrimonio de los curas, etc.
Hemos conservado actitudes que peligrosamente atentan contra los derechos fudamentales de las personas afectando también su calidad de vida. Por ejemplo, el machismo que tristemente se ha elevado a rango de tradición, como el alcohol por cualquier motivo, etc. Hemos hecho de los sacramentos un ritual una tradición en donde la fe ya no tiene cabida. Es más importante dar de comer y beber a cien parientes que comulgar con Cristo. Y lo peor de todo es que ningún sacerdote defiende los sacramentos y se hacen a los de la vista gorda cuando hay que bendecir barriguitas grandes en trajes de color crema, pese a que condenamos las relaciones sexuales prematrimoniales.
Qué lindo es predicar como cronista deportivo que jamás ha pateado el balón. Qué fácil es hacer demagogia hasta en el púlpito. Hablar del embarazo y la paternidad sin tener hijos, sin ser padres o madres, es sólo un ejemplo de las incoherencias de un fundamentalismo que no quiere abrir los ojos a una realidad que condena a miles de familias a la pobreza, violencia, etc.
Hace unos años un pastor decía “Cristo no tenía melena, esa es una imagen que el cine norteamericano nos ha vendido” y luego instruía a que los jóvenes se corten las melenas, vistan traje formal, no le den la mano a un rockero, a un desaliñado y que no canten las canciones que enseñan en la escuela “porque los himnos patrióticos y las canciones románticas de manzanero no han sido inspiradas en Dios”.
A parte de promover una cultura violenta y discriminadora despedía el “culto” provocando lágrimas que se televisaron por el medio de comunicación que lleva adelante anualmente el “Alabatón” a tiempo de subir a su automóvil lujoso, mientras los cientos de hermanos obreros depositaban el diezmo y se iban caminando seguros de haber desahogado sus penas, depositado sus esperanzas y haber compartido el gozo del Señor. Así cada domingo conservamos en un templo o en ex cine porno nuestras tradiciones liberadoras de estress más que de pecado.
El día del señor no es un día en el que nos ponemos a pensar en cómo vivió Cristo, si nó en qué color de ropa me toca este mes o qué restaurant visitaré después de la misa, pudiendo construir un proyecto de vida liberador y revolucionario como liberadora y revolucionaria ha sido la vida de Jesús.
Los discursos que proclamaban una iglesia revolucionaria y progresista han quedado como ecos cada vez más débiles en el interior de los ataúdes de Espinal y Romero. Decimos defender la vida pero condenamos a muerte a los homosexuales. Somos tan conservadores que recibimos con agrado cualquier señal que nos asegure que todo será igual o peor, porque es mejor los conocido que aquello por conocer. Somos expertos cerrando puertas.
Como en los animales, nuestra prudencia nos dice hasta dónde avanzar, y si es necesario preferimos retroceder. El clima político que vive nuestro país ya ha permitido que alguien por ahí se anime a decir “necesitamos mano dura”, en señal de retroceso. Me imagino que si seguimos por ese camino no está lejos el día en que alguien sugiera reinstalar el “santo oficio” inquisidor, para fondear homosexuales en el río de La Plata o incluso en la Laguna Alalay. ¡Qué miedo! Recién vino a mi mente la declaración homofóbica de un a autoridad eclesial argentina.
Conservamos verdades a medias. Porque no queremos mirar al frente y leer nuestra realidad. Pensar que frases como “sólo en la iglesia católica existe la salvación eterna” hacen pensar que el día en que volvamos a cuestionar a Galileo Galilei está cerca, sólo porque según como leen la Biblia nuestros amigos cristianos un soldado muy creyente le pidió a Dios que detenga el Sol para ganar la batalla que liberaría a su pueblo, como si el Sol estaría dando vueltas alrededor de la Tierra.
Somos una sociedad de conservadores y algunos hacen de esta característica una bandera. Sin pensar que el precio que pagamos es la libertad. Una concepto que muchos manejan a la ligera y confunden con libertinaje porque no hay otra cosa que su cabeza conservadora que no sea perversiones. La iglesia católica oficialista y las iglesias cristinas fanáticas han convertido la fe y la verdad en mercancía negociable, reduciendo así el mensaje cristiano a simple panfletería. En este contexto habrá que preguntarnos ¿qué calidad de amor damos a nuestro prójimo, a nuestra iglesia y a nuestro creador? |