DECIR LA VERDAD
Ernesto Guevara Quiroz
Mucho se ha escrito sobre la objetividad del periodismo. En realidad si no hay objetividad en el periodismo, por lo menos podríamos no decir mentiras. No somos lo suficientemente honestos como para liberarnos de nuestros prejuicios y creencias para mostrar la verdad, tal cual, sin decorados y sin cálculos.
La realidad es todo aquello que percibimos con nuestros sentidos. Como sociedad, hemos depositado nuestra confianza en los periodistas para que sean ellos quienes sientan la realidad y nos la transmitan a través de la televisión, la radio, el periódico o la Internet. Pero cómo decir la verdad si no es posible acercarse a ella. Cómo saber quién miente si los medios no destinan recursos o tiempo para que los periodistas verifiquen si sus fuentes dicen o no la verdad.
Por otra parte tecnológicamente es imposible alcanzar la objetividad emular nuestros sentidos aún es un sueño. ¿cómo capturar la realidad sólo con un micrófono y una cámara de video o fotográfica? ¿Qué hacemos con las otras sensaciones que capturamos con nuestros sentidos?. Desde los olores hasta nuestros miedos. Una repuesta ágil nos afirmaría que podemos suplir los otros sentidos con el buen uso de los lenguajes: radiofónico, periodístico, audiovisual, etc. Entonces en la articulación de los fragmentos que capturamos con micrófonos y cámaras para reconstruir la realidad se juega nuestra voluntad para decir o no la verdad. Pero ¿tenemos el valor de decir la verdad? ¿queremos realmente que la verdad nos haga libres?
Parece que le tenemos tanto miedo a la libertad que hemos inventado un recurso para camuflar la verdad y a título de “democratización del acceso a los medios de comunicación” permitimos que los mentirosos utilicen los medios para confundir o manipular a la población, como se ha visto con la ley Marco sobre derechos sexuales y reproductivos. Cómo es posible que en nombre de la objetividad se condene a toda la población peligrosamente a un estado de desinformación. Darle la misma importancia a quienes dicen la verdad y a quienes dicen la mentira nos convierte en cómplices del pecado sagrado y ancestral, la mentira.
Espinal decía: “callar es lo mismo que mentir”, pienso que esa frase debe llegarnos a los periodistas cuando por ejemplo sabemos que un mentiroso utiliza los medios masivos para desprestigiar a un ciudadano o defender sus intereses y seguimos colgando el micrófono para que haga de los medios masivos el escenario de sus fechorías. Si entrevisto a un cristiano y me jura que la ley 810 promueve el aborto y yo sé que es mentira, debo presentar la noticia con responsabilidad, con valentía y decir: “tal cura o tal pastor miente sin sonrojarse al atribuirle a la ley 810 contenidos que no existen en ella con el único fin de confundir a la población”. Pero somos irresponsablemente prudentes y decimos: esta se la versión de quienes dicen sí a la ley y esta es la versión de los que dicen no”. Qué cómodamente irresponsable, conocer la verdad y reducirla a una simple postura “pseudodemocrática”. Nos convertimos con facilidad en cómplices del pecado. Ni qué decir de quienes usan y abusan de los medios de comunicación para mentir o callarse para evitar conflictos.
¿Cuál es el precio de nuestra comodidad o nuestra prudencia? El pasado 16 de abril decenas de estudiantes de colegio marcharon condenando el aborto y el matrimonio entre homosexuales, pensando que eran alcances que se propone la Ley 810. A parte de manipular a los adolescentes y desconocer el código del Niño Niña y adolescente, las corrientes de opinión crearon en el imaginario social que la mencionada norma legaliza matrimonio homosexual y el aborto. La población se ha confundido porque hemos hecho amplia difusión de la mentira. Mientras la gente a favor y en contra de la ley marco sobre Derechos sexuales y Reproductivos, corea al unísono “Sí a la Vida” no sabemos explicarnos porque unos dicen sí a la ley otros, no.
Hace unas semanas una colega mía fue censurada porque una nota comprometía los intereses políticos de cierto grupo de poder que financiaba un medio de comunicación. Eso quiere decir que la verdad se ha convertido en una mercancía. Pero es peor la autocensura conservadora. Somos una sociedad conservadora porque nos da miedo la libertad y seguimos mintiendo o diciendo las cosas con adornos para esquivar la verdad como si esta fuera mala. Parece que en casi cuarto de siglo democrático no hemos superado los traumas de la violencia irracional de las dictaduras y renunciamos a la libertad de expresión responsable y callamos, permitiendo que la mentira destruya el concepto más preciado la humanidad ha construido, libertad. |